Irene mira la ventana, tan cerca de la cama en la que yace aplastada por el peso de su desidia. La llaga de una ausencia brutal la desangra y la comprime sobre el húmedo colchón. Primero fue como una mácula de tinta. Luego creció dentro de su pecho como una mancha de aceite, densa y oscura. Finalmente, hizo metástasis por todo su ser y, como una inundación de lodo, arrasó sus fuerzas y sepultó su voluntad.
Ahora sólo está allí, tendida, con la mirada colgando de la ventana. A través del cristal puede ver el cielo. Parece una invitación. Nada se interpone entre su mirada y el cielo. Entre ella y el cielo. No hay edificios, ni árboles. Sólo hay puntos que se mueven allá abajo, y ella puede escaparse en ese azul infinito que la seduce con la promesa de un rescate. Si sólo pudiera sentarse en la cama. Si sólo tuviera las fuerzas justas para ponerse en pie y llegar a la ventana…
Qué dulce sería no volver a sentir. Olvidar que el hambre y la sed de un cuerpecito necesitan ser saciadas. Qué dulce sería dormir en ese azul infinito. Con sólo pensarlo…
Se percibe sentada en la cama. Siente la calidez del parqué bajo sus plantas. Ve la transparencia del cristal ya muy cerca. Ve su mano tan blanca y temblorosa tocar la manilla, apretarla y voltearla torpemente.
El aire gélido le pega en la cara y se cuela en la habitación. Pero no importa. Está ante el umbral de ese enorme azul. Apoya sus manos sobre el marco, trata de alzarse por encima del marco pero los días en cama, dando de comer sin comer ella, la han dejado muy débil. Arrastra una silla. Servirá.
Una pierna hacia arriba. Ve temblar sus pantorrillas como si fueran a desmoronarse. Un esfuerzo más. Ahora la otra. Ahora el aire gélido lame todo su cuerpo. Ya está frente al azul. Sólo tiene que inclinarse hacia delante…
El llanto quiebra el silencio e incendia el aire frío de la habitación, como si reventara todo el Universo. El sonido rebota entre las sienes de Irene. Abre en dos su pecho, como si desgarrara el corazón mismo de la tierra. No quiere mirar. Su cabeza no quiere obedecer, e Irene la aprieta con las manos. Puede sentir la sangre comprimida en sus mejillas y el cuello rompiéndose bajo la presión, pero no se da la vuelta, no tuerce su cabeza. Cierra los ojos para evitar que se dirijan a la cuna donde esa criatura va a reventar las paredes, su cabeza y su pecho con gritos. Irene no quiere darse la vuelta. No quiere mirar. Porque si lo hace, ya puede despedirse del azul infinito.
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