El violín en la callejuela

Se aficionó a pasar por la misma callejuela a la misma hora, sólo por escuchar la triste melodía de aquel violín.

La primera vez que lo oyó, volvía a casa. Sucedió por casualidad. Tomó la estrecha calle por casualidad. “Un atajo”, pensó. Pero le tomó el doble de tiempo llegar a la parada porque la sinuosa callejuela era engañosa, y se torcía absurdamente en una “s” inesperada antes de desembocar en otra calle muy corta antes de salir, por fin, a la avenida en la que Lara tenía tomar el bus.

Iba centrada en avistar el final de la calle que la cerrada curva de la vía le impedía divisar. Casi de la nada salió aquel lamento melancólico, que sonaba a suspiro de amores imposibles. Venía de muy cerca, pero Lara no pudo saber desde dónde exactamente, aunque aguzó el oído y miró hacia todos lados.

Era una calle singular, con casas antiguas muy similares, todas de dos plantas, cuyos muros frontales se derramaban impúdicos sobre las estrechas aceras. Ni un jardín o una verja que las custodiaran. Ni siquiera un parterre que le permitiera al transeúnte curioso fisgonear a salvo, sin necesidad de atravesar con la mirada la intimidad de sus moradores. Tampoco había ventanas abiertas ni signos de actividad dentro de ninguna de las casas. Parecía que a esa hora de la tarde todos los habitantes de la calle dormían una siesta tardía. Por mucho que ralentizó el paso, Lara no pudo definir, mientras se alejaba, cuál era el origen de aquel subyugante quejido que alguien arrancaba a un violín.

Al día siguiente regresó, y volvió a repetirse la historia del día anterior en el mismo tramo de acera.  De nuevo, el paso lento y las miradas de Lara buscando el nostálgico sollozo del violín a través de las ventanas y por detrás de los muros, a los que se acercó con la excusa de haber perdido el equilibrio, para intentar sentir de cuál de ellos salía la vibración. Nada.
Lo mismo la siguiente tarde, en la que Lara simuló atarse las zapatillas para permanecer más tiempo escuchando. Otra tarde, dejó caer un pendiente y estuvo buscándolo largo rato. Mientras permaneció allí, no cesó la música, que empezaba siempre cuando ella se acercaba a aquel tramo.  Y así, hasta que dejó de fingir. Simplemente se sentaba en la acera, recostada en el muro, y escuchaba. Le gustaba pensar que alguien tocaba para ella. No importaba quién, porque ese alguien era música y poesía.

 

Lara, en la terquedad de su melómana obsesión, se decidió a descubrir al ejecutante de las que ya eran, para ella, entrañables melodías. Tocó, una a una, a todas las puertas de las casas de la sinuosa callejuela. Conoció a algunas ancianitas amables, y a otras no tanto. A un anciano apasionado por los crucigramas, un par de niñeras aburridas, a un adolescente escayolado y a tres señoras que teletrabajaban. Ninguno reparó mucho en ella, hasta que preguntó por un violín y su violinista, del que nadie parecía saber nada. Excepto la niña de las gafas con la gripe. Desde su pañuelo le dijo que nunca lo había visto, pero vivía en el número cincuenta y nueve.

Lara tocó al timbre y luego la puerta, hasta que le dolieron los nudillos. Nadie le respondió. Luego se sentó en la acera, atenta al silencio. Esperaba que en cualquier momento volviera a sonar aquel quejido extático, pero sólo el silencio la acompañó.

Junto a la ventana del cincuenta y nueve, detrás de los visillos, Héctor aprieta el arco con tanta fuerza que las venas de sus manos están a punto de reventar. Quiere bajar, abrir la puerta y hablarle. “Es mi música”. Pero la única respuesta de su cuerpo es tensarse. Parece una extensión de las cuerdas de su violín, pero no exhala música, sino un aullido de dolor y rabia. Sus manos quieren extenderse amablemente hacia las de ella: “Soy Héctor. ¿Te gusta? Es para ti”. Pero se cierran tan fuertemente sobre el arco que terminan partiéndolo en dos.


Lara volvió a la callejuela al día siguiente. Sólo el silencio la acompañó mientras caminaba hacia la curva cerrada. Ni una nota se escuchó mientras salía a la calle corta, rumbo a la avenida, con las mejillas empapadas, porque su músico prefirió ignorarla.

Ya en el autobús, miró por última vez aquel bendito atajo que jamás volvería a tomar.

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Irene y el azul

Irene mira la ventana, tan cerca de la cama en la que yace aplastada por el peso de su desidia. La llaga de una ausencia brutal la desangra y la comprime sobre el húmedo colchón.  Primero fue como una mácula de tinta. Luego creció dentro de su pecho como una mancha de aceite, densa y oscura. Finalmente, hizo metástasis por todo su ser y, como una inundación de lodo, arrasó sus fuerzas y sepultó su voluntad.

Ahora sólo está allí, tendida, con la mirada colgando de la ventana. A través del cristal puede ver el cielo. Parece una invitación. Nada se interpone entre su mirada y el cielo. Entre ella y el cielo. No hay edificios, ni árboles. Sólo hay puntos que se mueven allá abajo, y ella puede escaparse en ese azul infinito que la seduce con la promesa de un rescate. Si sólo pudiera sentarse en la cama. Si sólo tuviera las fuerzas justas para ponerse en pie y llegar a la ventana…

Qué dulce sería no volver a sentir. Olvidar que el hambre y la sed de un cuerpecito necesitan ser saciadas. Qué dulce sería dormir en ese azul infinito. Con sólo pensarlo…
Se percibe sentada en la cama. Siente la calidez del parqué bajo sus plantas. Ve la transparencia del cristal ya muy cerca. Ve su mano tan blanca y temblorosa tocar la manilla, apretarla y voltearla torpemente.
El aire gélido le pega en la cara y se cuela en la habitación. Pero no importa. Está ante el umbral de ese enorme azul. Apoya sus manos sobre el marco, trata de alzarse por encima del marco pero los días en cama, dando de comer sin comer ella, la han dejado muy débil. Arrastra una silla. Servirá. 
Una pierna hacia arriba. Ve temblar sus pantorrillas como si fueran a desmoronarse. Un esfuerzo más. Ahora la otra. Ahora el aire gélido lame todo su cuerpo. Ya está frente al azul. Sólo tiene que inclinarse hacia delante…

El llanto quiebra el silencio e incendia el aire frío de la habitación, como si reventara todo el Universo. El sonido rebota entre las sienes de Irene. Abre en dos su pecho, como si desgarrara el corazón mismo de la tierra. No quiere mirar. Su cabeza no quiere obedecer, e Irene la aprieta con las manos. Puede sentir la sangre comprimida en sus mejillas y el cuello rompiéndose bajo la presión, pero no se da la vuelta, no tuerce su cabeza. Cierra los ojos para evitar que se dirijan a la cuna donde esa criatura va a reventar las paredes, su cabeza y su pecho con gritos. Irene no quiere darse la vuelta. No quiere mirar. Porque si lo hace, ya puede despedirse del azul infinito.

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